Los epidemiólogos, ante las olas de calor: "las medidas de autocuidado son imprescindibles, pero no bastan"

Los expertos insisten en que han dejado de ser episodios excepcionales del verano para convertirse en una amenaza creciente para la salud pública

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Los epidemiólogos, ante las olas de calor: "las medidas de autocuidado son imprescindibles, pero no bastan"
Termómetro
El autor esIsabel  Rodríguez
Isabel Rodríguez
Lectura estimada: 3 min.
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Las olas de calor ya son una emergencia de salud pública porque no solo provocan golpes de calor, sino que aumentan las muertes prematuras y agravan enfermedades cardiovasculares, respiratorias, renales y metabólicas. Es la advertencia del Grupo de Trabajo de Epidemiología Ambiental de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE), recoge Ical. 

Según informó la SEE, las olas de calor dejaron de ser episodios excepcionales del verano para convertirse en una amenaza creciente para la salud pública. De hecho, incrementan los ingresos hospitalarios en los días posteriores a los picos de temperatura y añaden presión a unos servicios sanitarios ya tensionados durante el periodo estival.

Tras un mes de junio situado entre los más cálidos jamás registrados y ante la llegada de nuevas masas de aire cálido que pueden elevar los termómetros por encima de los 44 °C, la SEE subrayó que la respuesta al calor no puede descansar únicamente en recomendaciones individuales.

Por lo tanto, desde la sociedad científica señalaron que "las medidas de autocuidado son imprescindibles, pero no bastan. Las olas de calor deben abordarse como lo que son: un problema de salud pública que requiere planificación, protección social, adaptación urbana y reducción de emisiones".

En España, la herramienta MACE (Mortalidad Atribuible en verano por Calor en España) estimó 1.267 muertes atribuibles al calor extremo en el mes de junio y 411 en lo que llevamos de julio, sin contabilizar las muertes asociadas a calor moderado.

Impacto en Europa

En Europa, un análisis de la red científica World Weather Attribution en 854 ciudades concluyó que la ola de calor vivida estas semanas fue prácticamente imposible sin el cambio climático.

La SEE recordó que el impacto del calor sobre el organismo se produce cuando fallan los mecanismos naturales de regulación térmica. El cuerpo intenta enfriarse mediante la sudoración y el aumento del flujo de sangre hacia la piel, pero este sistema puede verse superado cuando la temperatura es muy elevada, la exposición se prolonga, hay mucha humedad, la persona está deshidratada o presenta condiciones que dificultan la termorregulación. Este fenómeno, conocido como estrés térmico, puede desencadenar consecuencias graves para la salud.

Además, el riesgo no depende solo de las temperaturas máximas durante el día. "En muchas ciudades, las noches tórridas hacen que el cuerpo no tenga margen para recuperarse, empeorando la calidad del sueño y generando un estrés acumulativo", apuntaron los epidemiólogos, y recoge Ical. 

Población vulnerable

Cabe recalcar que no todos los grupos de población se ven afectados por igual. Las personas mayores, bebés, embarazadas y personas con enfermedades crónicas se encuentran entre los colectivos más vulnerables.

También pueden verse especialmente afectadas las personas con trastornos mentales, por sus mayores dificultades para adaptarse a las altas temperaturas.

A esta vulnerabilidad se suma la desigualdad socioambiental: quienes trabajan al aire libre, viven en viviendas mal aisladas, no disponen de aire acondicionado o residen en barrios con poca vegetación sufren de forma más intensa los efectos del calor.

Por ello, la SEE insistió en que las medidas individuales, como beber agua de forma continuada, evitar bebidas alcohólicas y azucaradas, priorizar comidas ligeras con alto contenido en agua, mantener persianas bajadas durante las horas de radiación directa, ventilar de noche y de madrugada o evitar la actividad física en las horas de más calor, son fundamentales para reducir los riesgos asociados a las altas temperaturas. No obstante, subrayó que estas recomendaciones deben ir acompañadas de políticas públicas ambiciosas.

Prevención real

Desde la sociedad científica recalcaron que la prevención real pasa por actuar sobre las condiciones que aumentan la exposición al calor. Los epidemiólogos propusieron reforzar los sistemas de alerta temprana, habilitar refugios climáticos en espacios públicos climatizados como bibliotecas o centros cívicos, adaptar los horarios laborales y prohibir determinadas tareas al aire libre durante las horas de mayor riesgo térmico en periodos de alerta.

La adaptación urbana es otro de los ejes clave. Las ciudades densamente urbanizadas son especialmente vulnerables al llamado efecto "isla de calor": el asfalto, el cemento y los edificios absorben radiación solar durante el día y liberan lentamente ese calor por la noche, elevando la temperatura urbana respecto a zonas rurales cercanas.

Para reducir este efecto, la SEE defendió aumentar la masa forestal urbana, ampliar los espacios verdes, instalar pavimentos permeables y techos verdes, y avanzar hacia modelos de ciudad más saludables y resilientes.

Igualmente, advirtieron de que "el calor extremo no afecta por igual a toda la población, y por eso la respuesta tampoco puede ser igual para todos. Proteger frente a las olas de calor significa también reducir desigualdades".

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