La Corte que da rostro a las Fiestas de Burgos

La Reina Mayor, la Reina Infantil y las Damas relatan desde dentro la emoción de unas fiestas vividas entre la tradición y la mirada de toda una ciudad

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La Corte que da rostro a las Fiestas de Burgos
Fotos: Fernando Miguel
El autor esVerónica Fernández Ramos
Verónica Fernández Ramos
Lectura estimada: 5 min.

El Teatro Principal aún pesa en la memoria reciente. La proclamación ha pasado, pero su eco sigue apareciendo en frases sueltas, en miradas cómplices y en una manera nueva de caminar por la ciudad. Burgos ha entrado en fiestas y, con ella, su Corte de Honor: la Reina Mayor, Beatriz Plaza Santana, la Reina Infantil, Valeria Lezcano Montes y las Damas mayores Celia García Varga, Andrea Arnaiz González, Paula San Pedro Arribas, Paula Vázquez del Val y las intantiles María Vivar Sancristán y Nara Aspas Martínez.. Ocho voces que, aunque distintas, comparten un mismo lugar simbólico durante unas semanas en las que la ciudad se reconoce a sí misma en ellas.

No hay un orden rígido en la conversación. Se entrelazan respuestas, risas, silencios y pequeñas interrupciones. La conversación se parece más a una mesa informal que a un cuestionario. Y quizá por eso, lo que aparece no es una declaración institucional, sino un retrato vivo de cómo se vive desde dentro una representación que, aunque tradicional, sigue generando vértigo.

El inicio es todavía reciente. Todo es nuevo, acelerado, ligeramente desbordante. "Divertido", resume Valeria  cuando se le pregunta por estos primeros días. Las mayores entran matices que ya apuntan a la complejidad de lo que están viviendo: nervios, responsabilidad, la necesidad de organizarse entre actos, ensayos, entrevistas y preparativos.

Entre frases aparece una idea que se repite sin necesidad de insistir: la sensación de estar entrando en algo más grande que ellas mismas. No hay quejas, pero sí conciencia de ritmo. La fiesta no espera.

Si hay un punto común en todas las historias, ese es el del Teatro Principal. El instante en que el nombre propio deja de ser cotidiano para convertirse en anuncio público. La escena se repite en sus recuerdos con pequeñas variaciones, pero el núcleo es el mismo: sorpresa, incredulidad y una especie de suspensión del tiempo.

"Pensé en mí misma… en las suerte que tenía", recuerda Nara. La corte mayor admite que no supo reaccionar, que escuchó su nombre y no acabó de procesarlo. En las más pequeñas, la emoción se mezcla con la vergüenza, con esa risa nerviosa que aparece cuando se revive algo demasiado reciente para estar ordenado.

Cuando se les pregunta qué significa formar parte de la Corte, la respuesta llega sin dudas: orgullo. Pero no es un orgullo abstracto, sino concreto, casi físico. Ser imagen de la ciudad durante unas fiestas implica una exposición constante que se aprende a gestionar sobre la marcha. "Es un honor", repiten las dos Paulas. Pero detrás de la frase aparece otra capa: la responsabilidad de estar presentes, de no fallar, de representar no solo un acto, sino una idea de ciudad, confirman Andrea y Celia.

Beatriz lo expresa con una claridad que ordena el conjunto: hay una función de coordinación, de estar atenta a la información, de servir de punto de referencia. No como jerarquía, sino como equilibrio interno de un grupo que se sostiene en la diversidad de perfiles.

A medida que avanza la conversación, la Corte deja de ser una figura institucional para convertirse en una pequeña comunidad. Se describen entre ellas con naturalidad, sin artificio: energía, serenidad, ilusión, organización, cercanía. Una "pone la energía cuando el cansancio aparece", comentan de Paula Vázquez. Otra "da calma en los momentos de nervios" por Andrea. Otra "cuida los detalles", sobre Paula San Pedro. Otra "transmite ilusión" sobre Celia. No es una enumeración preparada, sino una observación compartida que surge sin esfuerzo.

Lo interesante no es la diferencia, sino el encaje. No son iguales, pero funcionan como conjunto. Y en ese equilibrio aparece una de las claves de su experiencia: la convivencia intensiva, la vida compartida en un periodo breve pero muy concentrado.

Cuando hablan de las fiestas, no lo hacen en términos generales. Nadie dice "las fiestas son esto". Lo que aparece es una suma de escenas: la cabalgata, los fuegos, las barracas, las bajadas de los toros, los conciertos, las cenas de peña, los actos en la plaza. Cada una construye su propio mapa emocional. Para algunas, el momento más esperado es la ofrenda o la jota, especialmente para quienes vienen de grupos de danza. Para la Reina Infantil, la vida de peña y las cenas son el corazón de la fiesta. Para María y Nara, sin embargo, lo inesperado también tiene protagonismo: la lluvia en la proclamación, por ejemplo, convertida casi en anécdota fundacional.

El balcón del Ayuntamiento aparece como símbolo recurrente. No tanto por su protocolo, sino por lo que permite ver. Para María, Nara y Valeria es uno de sus objetivos: ver la plaza llena, la ciudad convertida en masa viva, el ruido convertido en imagen. Subir al balcón no es solo participar en un acto. Es cambiar de perspectiva.

Para las más jóvenes, ese momento aún está por llegar el sábado en el pregón infantil, donde sin duda son las protagonistas. Y se percibe como una expectativa clara, casi como un hito dentro del propio calendario emocional de las fiestas.

Una de las ideas que atraviesa toda la conversación es la de la mirada. Ser parte de la Corte implica ser observadas constantemente: en actos, en calles, en fotografías, en saludos improvisados. No lo describen como algo incómodo, pero sí como algo nuevo. De hecho quieren que las recuerden por "la cercanía" a todos los burgaleses y la proximidad. Por la posibilidad de ser saludadas, habladas, reconocidas como parte de la misma ciudad que las observa.

Se definen como "burgalesas más". La expresión no es menor: implica rechazo de la separación entre representación y vida cotidiana. 

Entre risas y anécdotas aparece también una dimensión menos visible. La gestión de información, los cambios de agenda, las coordinaciones con instituciones, la preparación de actos, los ensayos, los desplazamientos.

La Reina Mayor lo sintetiza con una idea sencilla: "hay mucho trabajo que no se ve". No es una queja, sino una constatación. La fiesta tiene una cara pública evidente, pero también una estructura interna que la sostiene. Esa parte invisible es la que permite que todo funcione en la superficie.

 

 

Cuando se les pide una sola palabra para definir San Pedro, la conversación se fragmenta aún más: emoción, intensidad, nervios, diversión, impresión. No hay acuerdo posible, y eso no parece un problema. Al contrario: refuerza la idea de que la fiesta no es una experiencia única, sino múltiple, dependiente del punto de vista.

Hacia el final, la conversación se desplaza hacia el futuro. Qué les gustaría haber vivido cuando todo termine. Qué quedará cuando la ciudad vuelva a su ritmo habitual. Para las mayores "haber estado juntas, haber vivido todas las experiencias, haber aprovechado el año, haber sentido que han representado bien a Burgos" es lo que las define, para las pequeñas es algo más terrenal "vivir las fiestas e ir a Las Fallas", donde Burgos y Valencia se hermanarán un año más y conocerán a las nuevas falleras 2027.

 

La Corte de Honor no es solo una tradición festiva. Es también un mecanismo de representación simbólica en el que la ciudad proyecta parte de su identidad. Anque un símbolo que muestra que son chicas y niñas que a un par de días de que comiencen oficialmente las fiestas están en proceso de adaptación: a la mirada pública, a la responsabilidad, a la convivencia, a la intensidad de unas fiestas que no se explican solo desde el programa, sino desde quienes las viven desde dentro.

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