Cómo Burgos recuperó a su patrona

Una de las citas previas a los 'Sampedros' más populares de la ciudad

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Cómo Burgos recuperó a su patrona
Foto: ICAL/Ricardo Ordoñez | Foto: Ical
Detrás del Telón
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Este domingo 31 de mayo Burgos se unirá para subir hasta su antiguo Castillo, en lo más alto de la ciudad, para acompañar a la Virgen Blanca. Pero tiremos del hilo para volver al origen.

Hasta el año 1994, la ciudad de Burgos parecía haber olvidado quién era su patrona. Fue entonces cuando se decidió devolverla por un día al lugar donde había recibido culto antes de la Guerra de la Independencia. En este punto puede que muchos estén pensando en Santa María La Mayor, ¿verdad? Pues no, la advocación mariana que protege a la ciudad del Arlanzón desde tiempos inmemoriales no es otra que la Virgen Blanca. 

Según la leyenda popular, la joven Sula Bella, hija de nuestro fundador el Conde Diego Porcelos, se encontraba por las inmediaciones del Castillo cuando se le apareció la Virgen. Esta le indicó dónde encontrar su imagen en las cuevas de aquel monte, donde había sido escondida por los cristianos durante la invasión musulmana. 

La imagen de la Virgen Blanca fue encontrada y, a raíz de aquel acontecimiento, se levantó una pequeña ermita que sería sustituida por un templo medieval en la campa donde actualmente concluye la romería. 

Este enclave, hoy convertido en lugar de recreo, acogió hasta 1813 el lugar de culto a la Virgen Blanca. Un enclave único para Nuestra Señora, desde donde contemplaba toda la urbe que protegía bajo su manto. El 13 de junio de aquel año esta edificación corrió la misma suerte que otras tantas construcciones burgalesas, como las vidrieras de la Catedral, al producirse la famosa voladura del Castillo por parte de las tropas francesas, antes de huir de la ciudad ante el avance del ejército inglés.

Tras casi dos siglos, aquel santuario quedó difuminada entre las páginas de la historia de nuestra ciudad, y no sería hasta aquel 1994 cuando Burgos recuperaría del olvido a su patrona para acompañarla al lugar desde el que durante siglos veló por la ciudad.

Desde entonces, la romería se ha convertido en un acto de devoción, en un día de compartir paella con amigos y vecinos, y en la antesala de junio, el mes festivo burgalés por excelencia.

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