Conferencia de presidentes: un problema de actitud
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Conferencia de presidentes: un problema de actitud

Celebración de la XXIV Conferencia de Presidentes en Salamanca

Pobre balance de la Conferencia de Salamanca, que se ha vuelto a usar para lo que no es y en la que la fe de las autonomías no es la que debería.

El curso político ha llegado a su fin y lo ha hecho con la reunión de la Conferencia de Presidentes en Salamanca, una cumbre más protocolaria que efectiva, que no ha cambiado casi nada a pesar del esfuerzo y la buena voluntad que desde Castilla y León se le ha puesto, y que también han aportado parte de los participantes. Sin embargo, eso no basta para que la cita, que podría haber sido trascendente en un momento crucial, haya pasado sin más. Y la sensación es que el problema no tiene fácil solución.

 

Sobre el resultado, poco que decir. Hace tiempo que esta cumbre no sirve para lo que podría parecer, para acordar y consensuar. La bienintencionada idea fundacional era reunir a los 17 presidentes autonómicos con el Gobierno para coordinar las grandes decisiones que afectan al país, un objetivo de grandes dimensiones, inalcanzable hoy por hoy tal y como está la política, tal y como son las relaciones entre comunidades y gobierno, marcadas muchas veces por demás por los intereses de los partidos en los respectivos gobiernos. Pocas veces ha funcionado la conferencia para eso, y tampoco ahora.

 

Se esperaba una doble lectura, y la ha habido, aunque con matices. En clave negativa las comunidades del PP, con especial protagonismo de Isabel Díaz Ayuso, el ariete con más potencia de que dispone ahora el partido. En clave positiva, las del PSOE. En ninguno de los dos casos se han empleado con entusiasmo ni en las críticas ni en las alabanzas. Se esperaba también que el presidente aprovechara para 'hacerse la foto' y hacer los anuncios que tiene en su mano, y así fue: con vacunas y millones desactivó buena parte de los posibles argumentos de crítica. Y ya.

 

El balance es demasiado pobre. De lo poco que se salva, la actitud de Castilla y León, anfitriona impecable, y del presidente Alfonso Fernández Mañueco, que llevó a sus homólogos a un lugar donde el diálogo, la razón y el entendimiento son santo y seña desde hace siglos. A algunos se les vio algo contagiados, veremos si cala en la mayoría para el futuro, pero no va a ser fácil. Parece claro que, de entre los que están obligados a creer en esta reunión, son minoría los que tienen fe en ella y mayoría los que le ven más pegas que ventajas. Puede que con razón después de tantos años de falta de resultados. Más todavía si se obseva como, con descaro, los que más sacan son siempre los que prefieren hacer la guerra por su cuenta con reuniones bilaterales.

 

Se le achaca a esta conferencia que no tiene fuerza jurídica, pero tampoco la tienen otros foros. Niguno lo tiene como el Congreso o los parlamentos regionales y allí también se cuestionan las mayorías ya sean absolutas y contundentes o más de circunstancias como la actual en el parlamento estatal. No es ese el problema de la conferencia de presidentes: lo que ocurre es que, sencillamente, nadie se la toma en serio. Y lo peor es que parece que es lo que más conviene a unos y otros.

 

Por supuesto, que para eso se puede empezar por reforzar su fuerza con modificaciones legales que conviertan su funcionamiento, deliberaciones y resultados en cuestiones de obligado cumplimiento. Ya hay un reglamento, aunque su simple existencia no es suficiente motivo para respetarlo, no estaría de más impulsar modificaciones en este sentido. Pero para eso haría falta lo que es imposible de conseguir en la política española: acuerdo y consenso.

 

Lo de la cumbre presidencial es un problema de actitud. La Conferencia de Presidentes autonómicos y el presidente de Gobierno puede tener toda la fuerza que requiere el Estado de las autonomías... si los que participan en ella así lo quieren. Es el lugar idóneo para la parte política de las decisiones de las adminsitraciones, el lugar donde se puede dar el impulso que esperamos de nuestros mandatarios a las cuestiones que más nos importan, y para eso podría ser decisiva. Sólo hace falta algo de voluntad, justo lo que no se atisba en la clase política.