Alegato a favor de las sanciones
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Para profesionales

Raúl García Díaz
Reflexiones y consejos para verdaderos profesionales, independientemente del puesto y del sector en el que trabajen.

Alegato a favor de las sanciones

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El blog de Raúl García en Tribuna de Valladolid.

El ser humano no es bueno por naturaleza. Siento realizar esta afirmación a las puertas de la Navidad, un tiempo en el que se supone que todo es alegría y felicidad (empañada este año por la COVID19), pero todos los días tenemos ejemplos de ello. Aunque el ser humano tampoco es malo por naturaleza (es verdad, con respecto a este tema me sitúo entre Hobbes y Rousseau sin dar la razón ni a uno ni al otro). En mi opinión, cualquier ser humano es potencialmente bueno y potencialmente malo, y que sea más lo uno o lo otro depende de multitud de factores en los que no voy a profundizar aquí. Lo que es cierto es que en los grupos humanos (ya sean empresas, equipos deportivos o familias) son necesarias las normas, para precisamente velar por que exista una adecuada convivencia entre las personas. Pero la única existencia de una normativa no provoca que las personas actúen correctamente siempre y en todas las situaciones. En ocasiones puede haber personas que se salten las normas por la razón que sea y, por lo tanto, haya que aplicar las sanciones correspondientes.

 

Aplicar una sanción siempre es un incordio. Normalmente porque la persona sancionada no está de acuerdo y se defiende esgrimiendo las razones por las cuáles actuó de manera incorrecta o simplemente negando que lo hiciera. Pero incluso, aunque admitiera la falta y asumiera la responsabilidad, lo habitual es que la persona que informa o aplica la sanción y la que la recibe no estén cómodas, porque una sanción siempre es una consecuencia negativa y desagradable. Una de las cuestiones a tener en cuenta para tratar de evitar la reacción emocional que a veces la sanción despierta en el sancionado, es haber realizado un buen plan de comunicación sobre las normas y sus sanciones a todos los implicados. Y por supuesto, informando y explicando la responsabilidad de todas las personas ante un comportamiento inadecuado, ya sea de un compañero o de un colaborador o incluso de un jefe.

 

Para que una política de sanciones cumpla con su objetivo la sanción tiene que cumplir tres reglas básicas. La primera es que se aplique lo más cercana en el tiempo a la realización de la conducta, si es inmediatamente después, mejor. Según las teorías del aprendizaje, cuanto más cercana sea la consecuencia al comportamiento a corregir, más efecto disuasorio tendrá. La segunda regla es que la sanción debe aplicarse siempre que se dé esa conducta, no puede ser que a veces sí sea sancionable y otras veces no. Este también es un principio básico de las teorías del aprendizaje, si la consecuencia se aplica a veces sí y a veces no, el efecto disuasorio es mucho menor. Imaginemos lo diferente que sería para los conductores que las infracciones por exceso de velocidad generaran siempre una multa y no, como ahora, solo cuando “te pillan”. Y la tercera regla y última es que todas las personas que realicen esa conducta deben ser sancionadas, no puede ser que unas personas sí lo sean y otras no. Porque si así fuera sería obvio que muchos interpretarían eso en clave de favoritismos o enchufes.

 

Con respecto a las sanciones percibo que existe últimamente cierto movimiento contrario a éstas, y que sugiere que el cambio de comportamientos incorrectos debe realizarse únicamente mediante la explicación, la argumentación y el diálogo. Lamentablemente eso no funciona. Imaginemos que en los deportes no existieran las faltas, las tarjetas amarillas o rojas, las exclusiones o los golpes francos. Corregir un comportamiento incorrecto, ya sea de un deportista, de un trabajador, de un alumno o de tu propio hijo pasa por la aplicación de consecuencias negativas. También pasa, evidentemente, por aplicar consecuencias positivas cuando los comportamientos son los correctos, para aumentar la probabilidad de que ocurran en el futuro.

 

Pero no debemos olvidar que la sanción tiene una doble función. La primera es la de disuadir al infractor de volver a cometer la misma falta en el futuro. La segunda, es que todas las demás personas aprendan (por medio del aprendizaje vicario) que ese comportamiento tiene consecuencias desagradables y que no es recomendable realizarlo.

 

Ojalá no hubiera que aplicar sanciones o consecuencias negativas a nadie, eso significaría que todos los seres humanos somos buenos y actuamos correctamente. Pero la realidad es muy tozuda y la historia nos ha enseñado que los seres humanos necesitamos normas y si nos las saltamos necesitamos consecuencias negativas para aprender.

 

Gracias por leer.

 

Raúl García Díaz es director de la consultora de recursos humanos Entrepersonas

www.entrepersonas.com

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