El periodismo verdadero, más necesario que nunca
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Pedro Santa Brígida
Periodista

El periodismo verdadero, más necesario que nunca

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Aprovechando que la Facultad de Periodismo en la que comencé mi ocupación vital cumple 50 años, me permitiré la licencia de hablar de esta profesión, tan esencial para la sociedad como maltratada por propios y extraños. Decía Gabriel García Márquez que "el periodismo es el mejor oficio del mundo". Alguna vez lo creí, aunque en los tiempos que corren cada vez encuentro más razones para el agnosticismo.

 

Pertenezco a una generación que se ha tenido que ir adaptando a los vertiginosos cambios tecnológicos. Cuando empecé en esta profesión todavía había periodistas que utilizaban la máquina de escribir, llegué a ver la impresión de un periódico con linotipia. No había televisiones privadas o autonómicas, menos aún canales de pago, era el inicio de las emisoras de radio en FM... No existía internet ni telefeonía móvil ni spotify. Casi la prehistoria.

 

El periodismo ha ido evolucionando, como lo ha hecho la sociedad en la que se desenvuelve. Hoy en día cualquiera puede creerse periodista, sólo hace falta disponer de un canal masivo de comunicación. Y eso es relativamente simple.  Con el masivo desembarco de las redes sociales, aquello de la objetividad, la autocrítica, la confirmación de las fuentes, incluso la ética, está pasando a mejor vida. Si no lo ha hecho ya.

 

La globalización de la tecnología ha democratizado el acceso a la información. Sí, pero ha traído consigo una desmedida cantidad de engaños, bulos, falsedades e intereses. El personal consume tanta basura, que a menudo resulta casi imposible distinguir la verdad de la mentira. También para los periodistas.

 

"Con internet no se sabe nunca quien habla", apunta Humberco Eco. El anonimato que permiten las redes sociales facilita que cualquier indocumentado, o peor aún, cualquier interesado, divulgue hechos falsos, fake news. La manipulación nunca ha sido tan sencilla, tan generalizada. Hoy triunfan youtubers, tictocquers, influencers y la gente se informa en Twitter, Facebook, Instagram, Twich... Por no hablar de los gobiernos que intentan influir en elecciones ajenas (y propias).

 

En este viejo oficio aún quedan un montón de profesionales sanos, no contaminados por los distintos tipos de poder existentes, que tan sólo aspiran a llevar a cabo su tarea de la manera más digna posible. Sin embargo, son engullidos por otros, habitualmente más famosos, que disponen de espacios de máxima audiencia para colar sus delirios, sus trolas, para defender sus ideologías o sus propios intereses económicos.

 

La ideología se ha incrustado en exceso en el disco duro de demasiados periodistas. La ideología siempre estuvo ahí, pegada al quehacer diario de los profesionales de la información, pero actualmente no se esconde, al contrario, se exhibe como si fuera un plus, un toque de distinción que sirve, además, para abrir puertas laborales entre las empresas editoriales y sus satélites de la correspondiente cuerda. La política actual -especialmente algunos de sus líderes- es responsable de estos desatinos.

 

Tuve el privilegio de estudiar en la Universidad Complutense, en la Facultad de Ciencias de la Información, que en 2021 celebra su cincuentenario (anteriormente no eran estudios universitarios). Allí se han formado miles de periodistas, publicistas, realizadores de tv y cineastas. Comunicadores todos. Actualmente, cursan sus estudios de grado, máster y postgrado unos 5.500 alumnos, que espero estén recibiendo la formación adecuada a la situación del mundo actual de la comunicación, pese a que me cuentan que el academicismo exagerado y la endogamia universitaria impiden la enseñanza precisa.

 

El periodismo es más necesario que nunca porque ahora cualquiera ocupa el lugar de los periodistas profesionales en prensa, radio, televisión y demás medios sociales. También resulta urgente que los propios periodistas creamos en que debemos diferencianos de charlatanes, parlanchines, bocazas y cotorras. Hay que hablar de lo que se conoce, de lo que se trabaja. Opinar de todo, sin saber, es el pan nuestro de cada día.

 

Cada vez hay menos periodistas y más pseudocomunicadores, menos obreros de la palabra y más embaucadores de la tecnología. Nos estamos acostumbrando a que triunfen los creadores de contenido y no quienes indagan el trasfondo de la vida. Demasiado show.

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