La pubertad de Vox
Un grupo de ex militantes y afines al Partido Popular fundaron Vox en 2013. No querían votar más al PP. Tildaron a Rajoy de tibio (repetían una y otra vez la expresión maricomplejines) y apostaban por una acción política más a la derecha. De aquel grupo de históricos promotores sólo queda Abascal, los demás han sido apartados de sus responsabilidades, cuando no directamente expulsados. Espinosa de los Monteros, Ortega Smith, Rocio Monasterio, José Ángel Antelo, Inés Cañizares o García Gallardo, entre otros, hace tiempo que no pintan nada en la hoja de ruta de Vox.
Pese a las purgas internas, después de haber abandonado en 2024 los gobiernos autonómicos de Castilla y León, Comunidad Valenciana, Murcia, Aragón y Extremadura, negándose actualmente a facilitar la constitución de los gobiernos de estas dos últimas comunidades y mostrándose muy afines al amigo americano Trump, resulta que han vuelto a crecer en las recientes elecciones de Castilla y León. De hecho han logrado, con un 18.92% de los votos, su mejor resultado hasta la fecha en unos comicios. Eso sí, con menor porcentaje de mejora del esperado.
Vox se alimenta - además de posiciones concretas en cuanto a la economía, la inmigración, las organizaciones sindicales, el feminismo, etc. - del malestar y del agravio que manifiestan multitud de ciudadanos por todo el territorio nacional, hartos, entre otras cosas, de los devaneos del Gobierno de Sánchez. En los últimos dos años, todos los sondeos demoscópicos han venido reflejando un incremento de la intención de voto de Vox. Tan sólo haciendo oposición, votando a menudo con la izquierda, han ganado escaños cada vez que se convocan elecciones. Por eso no han querido cambiar de estrategia hasta la fecha.
Sin embargo, esa cerrazón en poner palos en las ruedas al entendimiento con el partido de Feijóo empieza a provocar rechazo, incluso hartazgo, entre sus propios votantes, según indican algunas encuestas de opinión. Hay analistas que afirman que el partido está en su techo electoral. Vox actúa en modo adolescente, mucha hormona, escasa responsabilidad, abuso de las redes sociales y demasiadas incertidumbres. Es lógico, con trece años de vida orgánica, qué se puede esperar de quien ha entrado de lleno en la edad del pavo. Le ocurre otro tanto a partidos como Podemos o Compromís. La pubertad es lo que tiene, acné y granos en abundancia.
En las últimas horas se ha hecho público un manifiesto, firmado por históricos fundadores y ex dirigentes de Vox, en el que se reclama un Congreso extraordinario para debatir ideas, nuevas fórmulas de organización y liderazgos. Convencido estoy de que Abascal y sus fieles ni se lo plantean. "Vox no es patrimonio de nadie", recoge el escrito, que subraya que "todos estamos de acuerdo en terminar con el peor Gobierno de nuestra historia". Y seguro que al líder del partido no le habrá gustado en absoluto el párrafo que dice que "la lealtad política es a las ideas, no a las personas". Uy, lo mismo he oído decir últimamente a algún veterano militante del PSOE.
Como me niego a la resignación, mantengo una demanda universal: que los partidos políticos, Vox en este caso, dediquen más energías a resolver los problemas reales de la ciudadanía, que se miren menos el ombligo, que dejen su enorme ego a un lado y que faciliten el entendimiento con otras fuerzas políticas por el bien de la mayoría. En definitiva, que cedan con ciertos dogmas ideológicos y que ayuden en la tarea de mejorar la vida de todos. Como demuestra tozudamente la historia de la humanidad, en los extremos políticos jamás se encuentran las soluciones a medio y largo plazo, opino.
Los ciudadanos de Castilla y León han decidido quien debe gobernar. Con una u otra fórmula, sería conveniente que Vox deje atrás la adolescencia. Tonterías, las justas porque el personal se esfuerza, mucho, a diario para salir adelante y eso merece el máximo respeto.

