Kimmel, Telepedro y la libertad de expresión
Los periodistas más veteranos somos conscientes de que el periodismo de hoy en día no es lo que era. No diré que es peor, lo resumiré simplemente con un "no me gusta lo que veo". El reciente caso del presentador-humorista Jimmy Kimmel, despedido de la cadena norteamericana ABC por exigencias y amenazas de un presidente que se debe considerar semi Dios (la ciencia del autismo y el paracetamol lo retrata), resulta dramático para todos porque ha tenido lugar en un país que hasta ahora lideraba, en la teoría y en la práctica, la libertad de expresión, ese querido y odiado derecho que tan bien representa la verdadera democracia.
El mundo evoluciona a velocidad de vértigo y la sociedad con él. Y los medios de comunicación no son ajenos a las mutaciones generacionales. Con las redes sociales se ha embarullado todo. Históricamente, digan lo que digan, al poder político nunca le ha gustado la libertad de expresión, sólo los halagos, el peloteo y la genuflexión mediática. Hay y ha habido cargos públicos tolerantes con la crítica, abiertos a escuchar argumentos sobre errores propios, dispuestos a cambiar pensamientos, actitudes y acciones, incluso a plantearse la veracidad de ciertos dogmas. Son la inmensa minoría.
En EEUU (y en otros tantos lugares) existe persecución de opiniones periodísticas, con vergonzosas intimidaciones administrativas y económicas a las empresas para las que trabajan. En España en los últimos años se descalifica sin pudor alguno desde las altas esferas del poder a los comunicadores no afines, a los que tocan -figuradamente- las pelotas al líder supremo del momento. La lista de comunicadores a los que se menosprecia con el único argumento de que pertenecen "a la derecha y a la extrema derecha" no deja de crecer. También los hay de la cuerda, los creyentes, los pelotaris y los interesados que siempre abundan al calor del poder. La publicidad, determinados contratos y el apoyo institucional en forma de dinero se concreta según las afinidades. Y los generosos salarios públicos de unos cuantos juntaletras, también.
Las redes sociales han bautizado a TVE como Telepedro. ¿Por qué será? Los memes se multiplican y el crédito de la profesión periodística en la tele de todos cae en picado, al mismo ritmo que unos cuantos tertulianos se lo llevan crudo a sus cuentas corrientes. Sin rubor. Sin anestesia. El obsceno reparto del pastel publicitario público resulta trágico, pese a que al conjunto de la ciudadanía le importe un pito lo que se haga con sus impuestos, según parece.
La libertad de expresión, ese preciado bien que ayuda a construir sociedades mejores, más justas y democráticas, no pasa por su mejor momento en el mundo. Tampoco en España. ¿Qué decir de los países donde la democracia tan sólo es una quimera? ¿Qué pensar respecto al discutido reparto de carnets de prensa en el Congreso de los Diputados? Los medios de comunicación, que también son empresas, dependen en exceso del poder institucional, del político de turno. Y el presidente español de turno está sometido a un sinfín de discutibles intereses ideológicos, locales, partidistas y hasta personales que todos conocemos.
Repasando vídeos patrios con solemnes declaraciones políticas de hace unos años, no doy crédito a las pruebas que demuestran que vamos de mal en peor. Ahora lo llaman cambios de opinión. El extremismo, el populismo y la polarización se han adueñado de la vida pública española. Por no hablar de los tambores de guerra que resuenan en el ámbito internacional. Menudo panorama para empezar el curso, aunque en realidad es como acabamos el anterior. Misma tragicomedia.

