La luz
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Los lunes al sol

El Viudo
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La luz

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En la parcela donde vivo desde hace muchos años, hay una familia de la que no conozco ni el nombre ya que vive en otro bloque, que todos los veranos menos el pasado por motivo del Covid, trae negritos a pasar con ellos la época estival. Deben de tener un acuerdo con alguna ONG .

 

Recuerdo a uno que llegó tan delgado, que la primera vez que montó en bici se esmoñó y se pasó medio verano con muletas, los huesos se le debieron de partir por siete partes. Otro no salía de la piscina, nada más que para merendar. Llegó sin saber nadar y cuando volvió a su pueblo podría haber hecho el viaje a nado sin esfuerzo siguiendo la costa. Del último que llego decía “su madre” que era imposible quitarle la camiseta de Ronaldo del Madrid; desde que se la regalaron se pasó con ella  puesta más de medio verano.

 

Este matrimonio tiene dos hijos, ya mayores, pero los morenitos que traen a los dos días ya se hacen a jugar con todos, aunque no entienden nada. Da gusto ver cómo les llevan de limpios y les cuidan y están pendientes de ellos en todo momento.

 

Con el de este año es una guerra la que tienen para que se ponga la mascarilla, creo que lleva perdidas y olvidadas una media de dos al día. Tiene unos ojos negros intensos y grandes y ha cogido peso desde que llego en junio, que parece otro, es muy vivo e inquieto, pero se pasa todo el día comiendo.

 

Yo todos los años llevo a cuatro o cinco críos una tarde a pescar al río, que se que les encanta. Les digo a sus padres que les preparen un bocadillo y una cantimplora y nos vamos desde las cuatro hasta casi las diez que regresamos, rara vez con algo en la cesta. Pero me encanta pasar el día con ellos y ver como disfrutan tirando y recogiendo la caña.

 

Este año por primera vez uno de los invitados fue el morenito ya que era uno más de la pandilla que iba a venir conmigo. Le monté en la parte delantera, se puso el cinturón y lo primero que hizo fue sacar de la mochila el bocadillo que le habían preparado.

 

Con una gorra y la mascarilla solo se le veían los ojos. Pero no hacía falta verle más. Son ojos de agradecimiento, sorpresa, disfrute y descubrimiento. Pero las manos que sujetaban la mochila, no eran manos de niño de colegio, ni de móvil ni de actividades extraescolares. Eran manos de adulto o de anciano. Surcos, cortes, marcas. Eran manos de ganarse la vida a la vida. Eran manos de recorrer kilómetros para conseguir agua. Eran manos de arar tierra en tierras sin riego ni pozo.

 

No habíamos vaciado aún el coche y ya había quitado el papel plateado que cubría el bocadillo para comérselo, feliz por estar con su pandilla y con la mascarilla descansando junto a la rueda delantera, perdida, caída, olvidada…

 

Un placer y un regalo del verano fue pasar la tarde con ellos. Siempre deberíamos sentir la dignidad de los niños, ya que no somos superiores a ellos en nada.

 

No pescamos nada, pero nada de nada. Ahora eso sí, se hicieron mil fotos, algo como un tik-tok me contaron que se graban haciendo un poco el primo para enviar a los amigos. Al lado de un chopo la merienda sabe de otra manera y con el rio al lado la banda sonora es otra.

 

Al llegar a la parcela “su madre” nos estaba esperando en los bancos que rodean la pista de tenis y me agradeció el gesto con Yusuf, espero que se escriba así. Le dije que era un lujo de chico y que el regalo había sido para mí.

 

La otra mascarilla que “su madre” le había metido de recambio estará surcando por los ríos de Valladolid.

 

Me contó que luego les da muchísima pena cuando pasados los tres meses se despiden de ellos, que es muy doloroso, que les cogen un cariño inmenso, pero que ya están acostumbrados.

 

Todos tienen sus rarezas y caprichos pero lo que más les impresiona es ver que en toda la casa, baños, cocina, su habitación, pasillos hay luz y se pasan todo el día encendiendo y apagando, como que fuera una atracción de Disney, ya que ellos no la tienen en las tiendas de campaña donde viven. Me despedí y llegué a mi casa con las tres cañas, la cesta y un pesar que aún me pesa.

 

Me había pasado la mañana criticando a medio gobierno, podemitas, eléctricas, chupones y ladrones por haber pagado este mes cuarenta euros más que en el recibo anterior.

 

Bueno, creo que en algo tendré razón, pero ahora que he sacado una cerveza fría del frigo y acabo de ponerme el aire, voy a mirar al cielo desde la terraza para dar gracias de que puedo pagar esos cuarenta euros para seguir disfrutando de La Luz.

 

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