Las metas y las trampas
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Las metas y las trampas

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De entre todo lo que hagas en la vida, habrá dos cosas que marcarán en quién te convertiste de verdad: las metas que perseguiste y las que olvidaste por el camino.

Cada día de la vida es todo un reto. Salimos a por todas o nos quedamos con las ganas, y siempre, siempre tenemos que luchar contra algo que nos separa del premio.

    La forma de salirse de esta trampa es sopesar qué nos ha costado en el pasado renunciar a nuestras metas, qué nos está costando hacerlo ahora y qué nos va a seguir costando en el futuro. Es demasiada carga como para dejar para mañana la curación de un dolor que sentimos hoy, ¿no es verdad?

    Mientras haya vacaciones, mientras haga calor, o frío, o haya hojas en el suelo por la llegada del otoño, mantendremos que el mañana siempre será el mejor momento para realizar los sueños que tenemos hoy. Por eso el dolor de la indisciplina nos toca, y ni las risas ni las fiestas acaban por traernos lo que decimos merecernos. De qué modo nos autosaboteamos y apenas nos quejamos por ello. Es ahí donde tenemos que atacar.

    La mayor trampa de la vida es el miedo, y es indiscutible. No hay falta de dinero, ni falta de valor, ni de otra excusa. No estamos hablando solo de un sueño, de un objetivo, estamos hablando de un modo de vida conformado por decenas y cientos de objetivos que la moldean, como un tapiz de colores que debemos ir rellenando. Así es nuestra vida, ¿y no resulta motivadora la idea de escoger cada color para cada día que nos apetezca?

    Nuestra vida es nuestra decisión, y eso significa que si escogemos felicidad haremos lo que sea para conseguirla y si escogemos miedo nos veremos envueltos en él en un abrir y cerrar de ojos. Tantas personas se levantan por las mañanas hablando de cambiar su vida para después llegar a sus casas por la noche sin haber cambiado ni una sola acción durante el día, que cuesta creer que nos creamos con derecho a quejarnos de nuestra insatisfacción.

    Sin embargo ser felices no debe ser una meta, sino el resultado de perseguir nuestros objetivos. Los premios están bien, pero si no creemos que hay algo más que obtener o no obtener vamos a creer que la vida es injusta en todos sus sentidos. Este pensamiento atrapa y nos deja sin fuerza, es una de esas críticas despiadadas que se convierten en realidad.

    La trampa no existe, porque ya la inventamos nosotros con las excusas y las expectativas, con la traición de no despertar en nosotros el gigante que llevamos y que puede sobrepasarlo todo en la vida, sin que importen las heridas. Preguntémonos, ¿tengo más miedo al fracaso o a saber que no he hecho con mi vida todo lo que podría al menos haber intentado? Intentar es de valientes, el resultado solo es experiencia. Más fracasos significa más experiencia y por lo tanto, éxito.

    Las metas cuanto más altas más abruman, pero si no tenemos miedo del fracaso lo que harán será transformarnos, llevarnos a un nuevo nivel de exigencia para conseguirlas. Para eso vale todo esto, no para ponernos a prueba, no tenemos que demostrarle nada a nadie, es buscar algo de nosotros que lleva quizás años sin despertar, que hace que nos veamos como personas capaces de hacer que las cosas sucedan.

    Las personas que hacen realidad sus sueños no son las que se lamentan de haber fallado, sino las que se alegran de haber perseguido lo que querían. Y perseveran hasta hacerse mejores y quizás, porque la vida a veces se convierte en un agradable misterio, acaben o bien consiguiendo algo mejor o abriéndose las puertas de oportunidades que permanecían escondidas. Las cosas suceden cuando nos movemos hacia ellas, esto es lo que hay que recordar siempre.

   

   

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