Sierra de las Quilamas: Remontando el curso del río Quilamas desde Valero hasta la desembocadura del arroyo de Jigareo
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Feliz con poco

Félix Martín Santos
@FMSFelizconpoco

Sierra de las Quilamas: Remontando el curso del río Quilamas desde Valero hasta la desembocadura del arroyo de Jigareo

 A principio del verano del 2020, entre la primera y la segunda ola de la pandemia de la COVID-19, me acerqué desde Linares de Riofrío, mi pueblo, hasta Valero, con objeto de remontar el curso del río Quilamas y observar parte de los arroyos, regatos y torrentes que vierten sus aguas al cauce de este afluente del río Alagón.

Para ello, conté con la valiosa ayuda de Rafael Navarro, profundo conocedor de la Sierra de las Quilamas, junto a otros dos buenos amigos, Primi y Manolo.

 

Camino que se abre en la curva del Fraile, labrado en la vertiente meridional de la cuenca del río Quilamas

 

Así, accedimos por la carretera que une San Miguel de Valero con Valero (DSA-235), en nuestros respectivos coches particulares, hasta el inicio de la ruta, un camino que se abre en la denominada Curva del Fraile, ubicada a poco más de medio kilómetro de Valero (a 850 metros del puente sobre el río Quilamas).

 

Nada más entrar, nos encaminamos por la vertiente meridional de la cuenca del río Quilamas, paralelos a su orilla izquierda, donde contemplamos algunos nogales, bastantes  castaños secos y numerosos olivos, vigilados por el Cerro Chico, bajo el cual se halla la denominada Vega del Encinar, donde es fácil ver la dedalera (Digitalis purpurea), mostrando sus colgantes racimos florales, durante el mes de junio, tiznando de púrpura el camino.

 

De Valero al arroyo de Jigareo: Dedalera (Digitalis purpurea) en la Vega del Encinar

 

Sierra de las Quilamas: Carmesín de oblea (Phytolacca americana), en la cuenca del río Quilamas

 

A los 400 metros, observamos, a nuestra izquierda, culminando el olivar, unas matas arbustivas de una planta vivaz, el carmesín de oblea (Phytolacca americana), que ahora, en verano, despliega sus flores blancas, que se tornarán, en otoño, en bayas azul purpúreo.

 

En tanto que la ladera, a nuestra derecha, muestra numerosos ejemplares de estepa bajo notables encinas, que ornan el camino que conduce desde Valero hasta el Hueco, una tierra antaño fértil, sembrada de fresas (en la Hoyatina), hortalizas y excelentes patatas junto al arroyo de Jigareo, que también fertilizaba numerosos castaños, nogales y cerezos, pero que hogaño, abandonada y estéril, sólo algunos castaños que resisten a la destructora Tinta y la espectacular cascada que forma cuando se despeñan sus aguas dos kilómetros más abajo, evocan su antiguo esplendor, que describimos en otro artículo de este blog, en septiembre del 2016:  “Chorrera de Jigareo: Joya oculta de la Sierra de las Quilamas”.

 

Rafa señalando el Frontal de Carabo y la Atalaya por donde se pasa para acceder al Castillo Viejo de Valero

 

Pronto, Rafa, me señala, en la vertiente septentrional, en lontananza, hacia el suroeste, las siluetas del frontal de Carabo y de la Atalaya, que recorrimos en la excursión que hicimos hasta el Castillo Viejo de Valero, cuya narración se publicó en este blog en marzo del 2020.

 

Sierra de las Quilamas. Encina seca vigilando la Cuesta las Vegas en el camino de Valero a la feraz vega del río Quilamas

 

Cuando empezamos a descender más,  una encina seca, a nuestra derecha, nos anuncia que estamos entrando en la Cuesta las Vegas, mientras que, a nuestra izquierda, apreciamos cómo el bosque galería del río se enseñorea con buenos ejemplares de alisos, algunos sustituyendo a poderosos nogales, gran fuente de riqueza por su preciado fruto y porque con el precio pagado por su valiosísima madera, algunos de sus dueños, hace un siglo, pudieron comprarse una vivienda en Salamanca, según me refiere Rafa, gran conocedor tanto de lo vivido por él cuanto de lo contado por sus mayores, esos esforzados valeranos que laboraron duramente para domeñar estas abruptas tierras, construyendo bancales donde plantaron árboles frutales, viñas y olivos, entre otros.

 

Sierra de las Quilamas. Huerta de Valero junto al río Quilamas

 

Tras avanzar un poco más, a los 700 metros de iniciado el camino, entramos en una zona que Rafa denomina las Huertas, donde se aprecian vides, melocotoneros, higueras, almendros, nísperos, manzanos, nogales y castaños.

 

Tras un breve trecho, dejamos la Huerta y entramos en las Vegas, área en la que abundaron centenarios nogales, cuyas saludables nueces nutrieron a varias generaciones de valeranos y, a veces, cuando su tronco alcanzaba grandes dimensiones, aportaron pingües beneficios económicos por su preciada madera, como antes referimos.

 

Enseguida pasamos rozando numerosas matas de jabonera (Saponaria officinalis) y algunas de carmesín de oblea, como la observada al principio de la ruta, que preceden a la desembocadura del regato de La Veguilla, que se origina en la fuente del Lancharejo, ubicada en la ladera meridional de la Perdiguera (1.243 m.).

 

Rafael Navarro posando junto al regato de la Veguilla, que nace en el manantial del Lancharejo

 

En ese momento, aprovecho para hacer una foto a mi querido amigo, que con tono guasón nos dice: “Siempre posando con el mismo uniforme, zapatillas, sombrero, camisa y pantalón corto, mientras que vosotros parece que vais a una verbena”.

 

Vamos caminando entre las Vegas, a nuestra izquierda, junto al río, y el Llano, a nuestra derecha.

 

En torno al kilómetro de recorrido vemos a un señor laborando en el escaso cauce estival del río, el señor Francisco, un hermano de Rafa, que aún sigue mimando sus huertas. “Aquí tenían que venir a trabajar los ecologistas, a limpiar cada día un tramo del río”, como hace mi hermano Francisco, refiere Rafa con fraternal orgullo.

 

Sierra de las Quilamas: Francisco Navarro, hermano de Rafa, limpiando con primor un tramo del río Quilamas, junto a una de sus huertas.

 

A continuación, entramos en un área dominada por altos alisos que hunden sus raíces en el cauce del río y nos sombrean el camino. “Esto es muy bonito, macho. Fíjate”, exclama nuestro entrañable Primi, que, un tramo antes, disfrutó con el aroma anisado del hinojo ( Foeniculum vulgare), primero, y de la hortelana (menta suaveolens), después.

 

Sierra de las Quilamas:  Primi y Rafa junto a una aliseda del río Quilamas

Sierra de las Quilamas: Alisos en el cauce del río Quilamas, en el paraje de las Vegas.

 

“Pues en este tramo del río cogí una de mis últimas truchas. Pesó un kilo y cuarto”, nos refiere Rafa, más prosaico.

 

Al cabo de un breve trecho, el camino empieza a empinarse, mientras se separa del río, momento en el que abandonamos el Llano para entrar en Valle Oscuro, como nos indica una poderosa encina, ubicada a nuestra derecha. Nos dirigimos hacia el noroeste.

 

Remontando el curso del río Quilamas desde Valero: Poderosas encinas nos anuncian que entramos en Valle Oscuro

 

Enseguida, el camino empieza a zigzaguear, adoptando curvas de herradura, a fin de dulcificar la dura pendiente, lo que no sucedería si se afrontara verticalmente, en línea recta. “Antiguamente hacían así los caminos mis paisanos, para que las mulas cargadas de peso no sufrieran, pues si no, se abrían de los pechos”, nos refiere nuestro docto guía.

 

Cuando llevábamos andado un kilómetro y medio, Rafa se detiene para señalarnos un punto concreto del camino, en donde, cuando era un niño, vio cómo un vecino mataba una gran culebra bastarda para, a continuación, extraer un par de gazapos de su interior.

 

Sierra de las Quilamas. El regato del Entrizadero, ahora seco, discurre paralelo al camino que seguimos

 

Unos metros más de avance y vemos, a nuestra izquierda, el cauce del regato del Entrizadero, que durante el estío no lleva agua alguna. Su manantial está ubicado en plena montaña, entre el Lancharejo y la Hoyatina, nos asegura Rafa.

 

En invierno, su caudal es bastante notable y, como desciende impetuoso desde su origen, forma diversas cascadas, cuya huella pueden verse en el terreno. “Tenemos que venir en invierno, para que veas lo que te digo”, asevera Rafa.

 

Sierra de las Quilamas: Huella dejada en el terreno (cauce) por el caudal del regato del Entrizadero, seco en verano, impetuoso en invierno.

 

Regato del Entrizadero buscando el curso del río Quilamas. Diciembre 2020. Cortesía Filiberto Sánchez

 

En breve trecho, con leve descenso, entramos en terrenos del pago del Cogosal; a nuestra izquierda, al norte se aprecian las laderas de los Caozos.

 

Sierra de las Quilamas: Señor Filiberto Sánchez, valerano conocedor de los usos y costumbres de las Quilamas

 

A los 1.700 metros de recorrido, encontramos a la sombra de un alcornoque al señor Filiberto Sánchez, también valerano, que nos acompañará durante el resto del viaje.

 

Mientras progresamos por parajes del citado Cogosal, Rafa y Filiberto evocan la riqueza que se obtenía de esta tierra, cuyos nogales, castaños, cerezos y otros frutales aportaban su fruto a los valeranos que los plantaban, podaban, injertaban, cavaban y regaban. Ahora, en cambio, carrascas y estratos arbustivos de jaras, retamas y brezales dominan el terreno, la denominada maleza, porque ocupa áreas hortofrutícolas, aunque forma parte indisoluble de este ecosistema.

 

Sierra de las Quilamas: cerezos secos del Cogasal, que antaño fueron gran fuente de riqueza para sus dueños, los habitantes de Valero.

 

“Es una pena ver todos esos cerezos secos, porque recuerdo que hace unos 40 años, su dueño obtuvo más de 300.000 pesetas por la venta de las cerezas recogidas”, nos dice Filiberto. También evoca el tiempo que, siendo un niño, tenía que regar los frutales y huertos que sus padres tenían por esta zona, una vez cada semana tenía una hora destinada para tal efecto. “Aquí había un caño de agua permanente que no dejaban parar ni de día de noche”, puntualiza Rafa, acorde con lo mencionado por Filiberto.

 

Sierra de las Quilamas: descendiendo por un estrecho camino en búsqueda del regato de la Torrecilla,cuando entrega sus aguas al río Quilamas

 

Abandonamos terrenos del Cogosal para adentrarnos en los de la Torrecilla (a los 2 kilómetros 80 metros de inicio de la ruta), en continuo descenso, buscando el curso del río que vertebra este valle.

 

En un recodo del camino, de nuevo Rafa y Filiberto rememoran un hecho singular: un cerezo centenario que, al final de sus días, dio 750 kilos de cerezas. Parece que este hecho fue el canto del cisne del árbol, probablemente agotado porque sus dueños injertaron todas sus grandes ramas con púas de una cereza especial que sustituía a la gordal, la que fructificó durante toda la vida.

 

Después de andar unos 200 metros más, llegamos al regato de la Torrecilla, que nace en las laderas de la Hoyatina (La Rollarina, según el mapa IBERPIX 4, del Instituto Geográfico Nacional), a la sombra del pico Porrejón (1.219 m.), al que accedo frecuentemente desde Linares de Riofrío, con el propósito de contemplar la bellísima panorámica que se divisa desde su cumbre.

 

Sierra de las Quilamas: Regato de la Torrecilla

 

“Este es uno de los regatos que más agua aporta al río, incluso ahora en verano, mientras que el del Entrizadero está seco, no así en invierno, cuando suele llevar bastante agua”, apostilla Filiberto. “Escuchad el ruido que hace a pocos metros de desembocar en el río Quilamas”, nos dice Rafa. La verdad es que es notable el estrépito originado por el caudal de este regato un poco antes de entregar sus aguas al curso madre del Quilamas.

 

 “Sabe a menta, Félix, pruébala, que te gustará”, exclama Primi. “Sí, es una de las aguas más ricas que hay por esta sierra”, asegura Rafa.

 

Como voy bien provisto de agua potable, me limito a refrescarme, recogiendo agua del regato para derramarla sobre mi cuello y cara.

 

Sierra de las Quilamas: Rafael Navarro recogiendo agua para beber del regato de la Torrecilla, pocos metros antes de desembocar en el río Quilamas.

 

Posteriormente, observamos un sendero, a nuestra derecha, que conduce a un antiguo corral donde se guardaban las cabras en el invierno, el corral del Lechuguero, según Rafa.

 

Sierra de las Quilamas. Descendiendo entre encinas en pos del río Quilamas

 

Nosotros seguimos por el camino principal, hacia el oeste, rodeados de encinas, hasta que, a los dos kilómetros y medio de ruta, entramos en la Vaera, probablemente contracción popular de Vadera, para indicar que un poco más abajo había un vado por donde se podía atravesar el río, me cuenta Filiberto.

 

Ladera septentrional del valle Quilamas, terreno donde los valeranos injertaron numerosos ejemplares de castaños

 

Justo enfrente, mirando al sur, en la ladera septentrional de esta cuenca, el terreno recibe sonoros nombres: La Regilera, la Ro cerezo, los Cerezales. Parajes donde se hallaban grandes castaños que abastecían de castañas a familias enteras.

 

Sierra de las Quilamas: Presa de la Vaera, construida para almacenar agua del caudal del río Quilamas

 

Tras caminar como medio kilómetro más, llegamos a un hito de la ruta: la presa de la Vaera, construida décadas antes para retener el agua del río Quilamas, con objeto de abastecer de agua potable a Valero, sustituyendo a la primitiva pesquera de la Vaera, ubicada aguas arriba, más alejada del pueblo. Sin embargo, el esfuerzo por llevar los materiales de construcción en caballerías durante los tres kilómetros que distan hasta la curva del Fraile acabó resultando baldío, dado que el río buscaba salida por los laterales de la presa, donde no había parapeto alguno. Además, el foso de unos dos metros y medio, donde se retenía parte del agua, se fue colmatando progresivamente de sedimentos arrastrados por la corriente del río.

 

Por ello, la toma de agua sigue efectuándose en la primitiva pesquera, pues sigue siendo eficaz para tal fin.

 

Sierra de las Quilamas: Rafa y Filiberto cruzando el pretil de la presa de la Vaera, mientras Primi y Manolo, rezagados, efectúan fotos del río.

 

A continuación, cruzamos por el pretil de la presa para avanzar paralelos a la otra orilla del río Quilamas, la situada a la derecha de su curso fluvial, por tierras de Vega la Zarza, con objeto de aproximarnos a la desembocadura de nuevos regatos y arroyos.

 

Sierra de las Quilamas: Tras dejar tierras de la Vaera entramos en las de Vega la Zarza por un sendero oculto por los helechos.

 

Aunque, ahora, parece perderse el sendero, descuidado e invadido por helechos, jaras, retamas y carrascas, por lo que progresamos con bastantes dudas y escasas certezas.

   

Sierra de las Quilamas: ladera por donde discurre la regadera con el agua captada del río Quilamas para abastecer a los habitantes de Valero, así como las vaguadas de los regatos de la Ro Moral y de Jigareo, con los montes circundantes.

 

Pronto, apreciamos, a nuestra derecha, la ladera por donde discurre la regadera que conduce el agua del río hasta Valero, poco después de su captación. Un poco más arriba y hacia el noroeste, se aprecian las vaguadas de los regatos de la Ro Moral y de Jigareo, con Cortina Alta y Cortina Baja vigilando el curso de este último, así como el camino Los Tajos.

 

    Sierra de las Quilamas: Fuente la Herrumbre

 

Cuando llevamos recorridos un breve tramo (350 metros desde la presa la Vaera), llegamos a la fuente de la Herrumbre, denominada así por el alto contenido ferruginoso de su agua. Aunque ahora, el estío casi no deja ver el líquido elemento, pero sí su huella herrumbrosa. Junto a ella, se halla un viejo castaño, el del tío Caredo (Recaredo Iglesias, según Filiberto).

 

Sierra de las Quilamas: El señor Filiberto Sánchez contemplando al viejo castaño del tío Caredo, junto a la fuente la Herrumbre

 

Sierra de las Quilamas: caminando por un estrecho y pedregoso sendero paralelos al río Quilamas y próximos a la pesquera de Vega la Zarza, donde antaño se captaba el agua para Valero. Ahora, se toma en la pesquera de la Vaera.

 

Tras efectuar las fotos de rigor, avanzamos por un camino pedregoso, en todo momento paralelo al río Quilamas, lo que nos permite ver el punto donde se capta el agua para el pueblo, inmediatamente conducida en una cañería de oscuro color. “¿No veis la manguera negra?”, nos pregunta Rafa para orientar nuestras miradas a la citada toma.

 

Primitiva pesquera de la Vaera, donde se sigue tomando el agua del río Quilamas para abastecer a Valero. Dicembre 2020. Cortesía Filiberto Sánchez

 

Más tarde, Rafa nos muestra el gancho de Villacerbero (a 3 kilómetros 550 metros del inicio de la ruta) que da nombre al terreno que ahora pisamos. Justo, a nuestra derecha, mirando la vertiente meridional de la cuenca y valle del río Quilamas, se divisa, en plenitud, la vaguada que forma el regato de la Ro Moral, según nos refiere Rafa.

 

“Si pasáramos este valle, nos meteríamos en los Cuños y, luego, ya llegaríamos al arroyo de Jigareo”, nos ilustra nuestro cicerone.

 

Sierra de las Quilamas: En el valle de la Ro Moral discurre encajonado el río Quilamas entre grandes paredones rocosos.

 

Sin embargo, nuestro gozo en un pozo, pues el camino se pierde, invadido por la maleza, por lo que decidimos aproximarnos al río, descendiendo hasta llegar a un cortado rocoso, desde el que se aprecia el río, aunque nos impide avanzar.

 

En el paraje del valle de la Ro Moral en el que nos hallamos, observamos enfrente, al norte, las cumbres del pico Porrejón y de Cortina Alta, por debajo de la cual discurre la corriente del arroyo de Jigareo. Estamos muy cerca de su desembocadura, pero, para llegar a ella, deberíamos labrarnos camino, campo a través, tras pasar un cerro, la Choza del Alguacil. Pero como el calor aprieta, decidimos regresar, mientras varios buitres negros eran testigos de nuestras cuitas.

 

Durante el regreso, paramos a la sombra de varios alisos del bosque galería del río, con objeto de degustar nuestras viandas y confraternizar conversando, libres de aerosoles (gotas de tamaño inferior a 100 micras) perniciosos y a la prudencial distancia (a más de 2 metros) para que ninguna gota (de más de 100 micras, de efecto balístico) pueda aterrizar en nuestros ojos, nariz o boca, evitando, así, que el temible SARS CoV-2 pueda afectarnos, en caso de que alguno, asintomático, lo portara sin saberlo.

 

Tras recorrer los aproximadamente 4 kilómetros que distan hasta la curva del Fraile, donde dejamos los coches, descendimos caminando por la carretera hasta el pueblo.

 

Valero (Salamanca):  El charco el Manzano, en el cauce del río Quilamas, resguardado por las Peñas del tío Antón.

 

Cuando llevábamos 300 metros pisando el duro asfalto, apreciamos a, nuestra derecha, en un pequeño meandro del río Quilamas, a varias personas bañándose en la denominada Charca del Manzano, resguardada por una pared rocosa, las Peñas del Molino Antón. Momento que aprovecha Filiberto para referirnos un dicho popular: "Si el río se volviera leche; el puente, cuchara; y las Peñas del Molino Antón, pan; qué buenas migas íbamos a echar". 

 

Manolo atento a Filiberto, que sonríe tras referirnos un dicho popular: “Si el río se volviera leche; el puente, cuchara; y las Peñas del Molino Antón, pan; que buenas migas íbamos a echar”. 

 

Piscinas de Valero, con el caserío al fondo.


Piscina de Valero, con la compuerta abierta, para evitar muchedumbres en la época de la COVID-19.

 

Unos doscientos metros más adelante, aparece, también a nuestra derecha, la famosa piscina de Valero, donde se represa el cauce del río para que la gente pueda bañarse. Sin embargo, ahora, durante la pandemia de la COVID-19, no hay piscina alguna, pues se deja pasar el agua, elevando la pequeña compuerta que lo evitaba, con objeto de evitar una verdadera muchedumbre de personas (hasta 1.000, según Filiberto) y, en consecuencia, bloqueando mecanismos de transmisión del condenado virus.

 

Enseguida nos topamos con la señal que muestra el nombre de Valero, tras la cual aparecen las primeras casas del pueblo, de varios pisos, construidas durante la efervescencia económica propiciada por la apicultura, la que, a la postre, hizo que los valeranos abandonaran sus antiguas labores agrícolas.

 

Un año más tarde

 

Como me resistía a concluir este contenido sin conseguir uno de los objetivos de la ruta, ver y palpar la desembocadura del arroyo de Jigareo en el río forjador de este valle, volví a intentarlo, un año más tarde, guiado por Rafa.

 

Sierra de las Quilamas: el corral del tío Satur próximo a la desembocadura del regato de Jigareo en el río Quilamas.

 

De esta suerte, tras pasar por el pago de Villacerbero, y recorrer intrincados terrenos, dominados por helechos, retama y  jara, observamos cómo el huidizo sendero se bifurcaba: si nos dirigiéramos por la derecha, como el año pasado, descenderíamos abruptamente hasta acercarnos a la desembocadura del regato de la Ro Moral, con escasa capacidad de progresar; si avanzáramos por la izquierda, el sendero tras una breve subida, nos descendería hasta la desembocadura del arroyo de Jigareo, anunciándonos tal hito, la presencia del denominado corral del tío Satur, encaramado en la ladera izquierda del valle Quilamas, así como el regato de los Cuños, que nace cerca de la puerta el Sol del Castillo Viejo de Valero, en la vertiente septentrional de este valle, para desembocar casi enfrente del arroyo de Jigareo.

 

Remontando el curso del río Quilamas hasta la cascada de Jigareo. En esta bifurcación hay que coger el sendero de la izquiera para acceder a la desembocadura del regato de Jigareo en el río Quilamas.

 

Al llegar al regato de los Cuños, Rafa se refresca con su cristalina agua. Momento que aprovecho para efectuarle unas fotos.

 

Sierra de las Quilamas: Rafael Navarro refrescándose en el regato de los Cuños.

 

Después de este saludable refresco, volvimos al camino para caminar paralelo al río Quilamas, durante breve trecho, pisando un lecho pétreo (pizarras y cuarcitas armoricanas) hasta divisar, a nuestra izquierda, al suroeste, la huella del regato de los Cuños, en su discurrir erosivo por la ladera noreste del Castillo Viejo de Valero, así como la del confluente regato del Robloso. Además, si aguzáramos la vista, veríamos una gran encina, que parece vigilar una fontana de amable nombre: la fuente el Huertito los Cuños, según me refiere Rafa.

 

Sierra de las Quilamas: El Castillo Viejo de Valero, el Guijarral, los confluentes regatos del Robloso y de los Cuños.

 

Si dirigimos nuestra mirada al norte, a nuestra derecha, veremos el abrupto vallejo formado por el descenso impetuoso del regato de Jigareo, bajo la mole del pico Porrejón y de Cortina Alta. “Por un sendero paralelo a este regato bajaban mulas cargadas de castañas y nueces procedentes de los muchos castaños y nogales que crecían a la vera de este regato”, evoca nostálgicamente Rafa, pues, ahora, nadie se encarga de cuidar estos árboles y de limpiar el camino, que se ha cerrado por un indomable estrato arbustivo, con numerosas matas de espinosas zarzas.

 

 Sierra de las Quilamas: El pico Porrejón y Cortina Alta vigilando el vallejo forjado por el descenso del arroyo de Jigareo hasta su desembocadura en el río Quilamas. Sus numerosos nogales y castaños, fertilizados por su nutrida agua, proporcionaban abundantes nueces y castañas a sus dueños, los laboriosos valeranos.

 

Desembocadura del regato de Jigareo en el río Quilamas

 

El rumor del río Quilamas se torna en clamor a medida que descendemos la ladera y nos aproximamos a su caudal, que se enriquece con el agua del arroyo de Jigareo, que aquí concluye su vertiginoso viaje, bajo la mirada de esbeltos alisos.

 

A este nivel, la altitud del río es de 674 metros, en tanto que a su paso por Valero desciende a 584 metros.

 

Desembocadura del regato de Jigareo en el río Quilamas.

 

 

Esta es la primera vez que contemplo este verdadero hito, ahora escondido y olvidado; antaño, lugar de mucho tráfico humano, pues los valeranos tenían absolutamente limpios y transitables todos los caminos que conducían desde su pueblo hasta todos los aprovechamientos agrícolas y ganaderos de esta sierra, como el que hasta aquí llegaba, con objeto de remontar el arroyo de Jigareo para acceder a los múltiples castaños y nogales que, bien cuidados, aportaban abundantes y suculentas castañas y nueces a sus dueños, como antes refería.

 

  Sierra de las Quilamas: Cascada de Jigareo

 

En cambio, hasta la chorrera de Jigareo, ubicada a unos dos kilómetros y medio de la entrada del Hueco, he llegado numerosas veces, aunque, luego, no he podido progresar más allá, salvo los escasos metros que distan hasta la cascada inmediatamente inferior, formada también por el desnivel del terreno que obliga a saltar a su montaraz agua.

 

Sierra de las Quilamas: cascada inmediatamente inferior a la de Jigareo

 

Desde la plataforma que separa una cascada de la otra, disfruto con la observación de una exuberante naturaleza constituida por encinas en las laderas, bosque galería en el curso fluvial, castaños, bastantes secos, y nogales a ambos lados del cauce, al tiempo que me imagino el trajín de hombres y caballerías que ascendían y descendían por este vallejo, por el largo trecho que aún queda para que el regato de Jigareo desemboque en el río Quilamas.

 

Sierra de las Quilamas: hoyas del río Quilamas, próximas a la desembocadura del regato de Jigareo y al corral del tío Satur.

 

Sierra de las Quilamas: Rafael Navarro junto a las hoyas del río Quilamas, vecinas de la desembocadura del arroyo de Jigareo, y al corral del tío Satur

 

Hoyas del río Quilamas y corral del tío Satur

 

A pocos metros de la desembocadura citada, el río Quilamas ha labrado unas hoyas, de unos cuatro metros de profundidad, según me refiere Rafa, donde el agua se remansa y uno se relaja, contemplando tanta belleza.  Enfrente y arriba de las mismas, en la ladera izquierda, se encuentra una verdadera obra de ingeniería y arquitectura rústica, el corral del tío Satur, sagaz valerano que se las ingenió para acondicionar y mantener una toma de agua del arroyo Quilamas que conducía, favorecida por la pendiente, hasta su cercado, donde tenía huerto y animales, sobre todo, cabras.

 

Corral del tío Satur, arquitectura rústica, próximo a la desembocadura del regato de Jigareo en el río Quilamas.

 

Llama la atención la perfecta disposición y colocación de una piedra sobre otra, buscando afinidades y armónicos encajes, para la construcción del corral, toma y conducción del agua.

 

Después de conseguir uno de los objetivos de la excursión, acceder a la desembocadura del regato de Jigareo en el río Quilamas, no cumplido el verano pasado, decidimos no seguir remontando el curso del mismo en pos de la desembocadura del regato del Vieico, que también forma una espectacular cascada en su parte alta, para regresar al punto de partida, la curva del Fraile, donde dejamos los coches.

 

En fin, recorrer cualquier paraje de esta mítica sierra, que forma parte de la Reserva de la Biosfera de las sierras de Béjar-Francia (UNESCO, octubre 2006), resulta tan placentero como saludable, pues contribuye a elevar la salud en su triple dimensión: física, mental y social, sobre todo, si se tiene la fortuna de ir acompañado de buenos amigos.

                             

                                                                 Dr. Félix Martín Santos

Comentarios

Carmen Holguera Gómez 19/07/2021 10:38 #6
Excelente invitación para hacer esta sorprendente ruta, siguiendo la cuenca del río Quilamas, viendo la desembocadura de los arroyos y regatos de su orilla izquierda. Me gusta mucho leer, por lo que agradezco el buen nivel literario mostrado en la narración, muy alejado de lo que por ahí se estila. Además, las numerosas fotos y los dos vídeos resultan imprescindibles para ponerse en situación, favorecido por el tono emotivo y motivador observado. Enhorabuena.
_Inmaculada Hernández 09/07/2021 18:22 #5
Félix precioso el recorrido por los arroyos, regatos y torrentes que alimentan al río Quilamas. Sin duda como tú mismo señalas se trata de un paraje mítico, de gran belleza natural, engalanado por especies arbóreas de maderas nobles como castaños, nogales o cerezos. Hemos podido disfrutar de un paseo idílico surcado por torrentes y manantiales, donde el agua se precipita por pronunciadas y zigzagueantes pendientes dando lugar a sorprendentes y maravillosa cascadas, y donde crece una variedad de especies que lo llenan de colorido, esplendor y fragancia como alisos, dedalera, hinojo y hortelana y hemos podido conocer la riqueza que ha atesorado este lugar gracias a las aportaciones e interesantes comentarios de los amigos lugareños´ que junto a ti nos han acompañado a lo largo de todo el recorrido y nos han permitido adentrarnos en huertas, en otro tiempo, cuajadas de frutales, y bancales, en otra época, llenos de olivares y viñedos. Muchísimas gracias a todos y cada uno de vosotros por la maravillosa visita que nos habéis proporcionado.
Pedro Artola 04/07/2021 18:39 #4
No tengo el placer de conocer la Sierra de las Quilamas, pero con esta precisa descripción y el grupo de fotos que acompañas el articulo, es como si hubiese estado allí. ¡Que maravilloso paisaje! Además, teniendo dos buenos amigos que te acompañan, no se puede pedir más. Gracias Félix.
Emilio González Aguirre 02/07/2021 11:31 #3
La descripción literaria y gráfica de esta ruta facilita mucho emprenderla, aún sin conocer la zona ni los parajes descritos. El poder motivador de este artículo ayuda a lo que digo. Buenos vídeos, buenas fotos y un lenguaje muy ameno y bien construido son los ingredientes que permiten promocionar recorridos y rutas por esta reserva de la biosfera, las de las Sierras de Béjar/Francia. Enhorabuena. Muchas gracias.
Jose martin 01/07/2021 21:01 #2
Muchas gracias por Hacer me lo llegar una vez más Con estos parajes tan Envidiables Alguna vez fui a por cerezas al cogosal Que recuerdos de más jóvenes Un saludo 👍👋👋
Laura Hoyos Gómez 01/07/2021 11:28 #1
Leer y ver este artículo y transportarme a los parajes que describes, imaginándomelos, evocándolos y viviéndolos como si realmente estuviera allí. Claro que es una fuente de salud, de las más queridas y deseables. Es un gran acierto mostrar los dos vídeos sobre la cascada de Jigareo y sobre la desembocadura del regato de Jigareo en el río Quilamas, además de las numerosas fotos que ayudan mucho a situarse y a entender la ruta a seguir. Narrarla reflejando parte de las conversaciones con tus amigos la hace aún más entretenida, fluida y entrañable. Muchas gracias a Tribuna y a ti por darnos tan buenos y felices ratos.

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