Amaia, tenemos que hablar de ese vestuario
Hay cosas que una no debería decir de una mujer de 50 años que acaba de volver a los escenarios después de casi dos décadas: que está gorda, que está mayor, que ya no tiene el cuerpo de cuando cantaba 'Rosas' o que debería vestirse de una determinada manera porque el calendario ha decidido que ya no tiene 25 años. Todo eso, además de cruel, es bastante aburrido.
Y lo digo alto y claro porque con Amaia Montero se ha cruzado una línea que no me interesa cruzar: no estoy de acuerdo con las críticas a su físico. Me parecen injustas, innecesarias y, sobre todo, profundamente antiguas. Una mujer puede tener 30, 40, 50 o 80 años y seguir subiéndose a un escenario sin tener que pedir perdón por cada centímetro de su cuerpo.
Ahora bien, una cosa es el cuerpo de Amaia Montero y otra, muy distinta, el señor que decidió vestirla.
Porque podemos defender hasta el infinito que cada uno se ponga lo que quiera, faltaría más. Pero también podemos reconocer que hay decisiones estilísticas que deberían pasar por un comité de crisis antes de salir del camerino. Y el vestuario de Amaia en esta gira de regreso con La Oreja de Van Gogh me está poniendo a prueba.
La intención, al menos, es interesante. Hay referencias a los años 80 y 90, al aerobic, al futurismo, al Y2K, al sportswear, a los monos de neopreno y a esa estética de popstar que parece estar permanentemente a punto de aterrizar en una discoteca de 2002. La propia estilista y hermana de Amaia, Idoia Montero, explicó que partieron de la idea de los neoprenos y de una estética surfista.
Sobre el papel: estupendo. Sobre el escenario: a veces parece que han metido a Amaia en una máquina del tiempo, han pulsado todos los botones a la vez y han decidido que ya veremos qué pasa.
En Bilbao apareció con un mono rosa fucsia ajustadísimo y botas arrugadas. En Madrid llegó el turno de la falda de flecos metalizados, el top plateado y el amarillo flúor. Más adelante hemos visto monos, colores imposibles, botas, volúmenes, hombreras y una sucesión de prendas que parecen estar compitiendo entre ellas por conseguir ser la protagonista.
Y aquí está mi problema. No todo lo llamativo es moda. Ni todo lo que parece futurista es futurista. A veces es simplemente un montón de cosas llamativas puestas juntas.
Hay una delgada frontera entre parecer una estrella del pop y parecer que has saqueado el vestuario de tres videoclips de MTV, un gimnasio de 1998 y el cajón de los disfraces de una discoteca. Y Amaia cruza esa frontera unas cuantas veces.
El problema no es que lleve rosa. El problema no es que enseñe pierna. El problema no es que se ponga un body, un mono, unas botas o una falda imposible. El problema es la falta de edición. La moda también consiste en saber cuándo parar.
Es como cocinar: puedes tener caviar, trufa, azafrán, foie y champán en la cocina, pero si lo echas todo en el mismo plato no tienes alta gastronomía. Tienes una crisis de identidad con guarnición. Y entonces llega EL ABRIGO.
Porque si hablamos del regreso estilístico de Amaia Montero no podemos obviar aquella aparición de Nochevieja que convirtió Twitter, perdón, X, en una sucursal del departamento de memes.
Amaia apareció junto a La Oreja de Van Gogh para presentar su nueva etapa y buena parte del público terminó hablando de una sola cosa: el enorme abrigo blanco acolchado que llevaba. La comparación con un edredón fue prácticamente instantánea. También aparecieron referencias a una palomita de maíz, un Labubu, Cazafantasmas y cualquier objeto blanco y voluminoso que pudiera aparecer en Google Imágenes.
Y aquí tengo que reconocer algo. Amaia ganó aquella batalla.
Porque en lugar de enfadarse, hizo algo que muchas celebrities deberían aprender: reírse de sí misma. Publicó una fotografía tumbada con el abrigo convertido literalmente en edredón y acompañó la imagen con un "Un edredón, a mi manera". Incluso sus compañeros de La Oreja de Van Gogh bromearon con si llevaría aquella prenda de gira. Eso es actitud.
El abrigo, por cierto, no era precisamente una ocurrencia de mercadillo. Lo diseñó Isabel Zapardiez y estaba construido con 56 metros de tejido de neopreno blanco para crear ese volumen escultórico y envolvente. Es decir: detrás había concepto, trabajo y una intención estética. Pero que algo tenga concepto no significa automáticamente que tenga buen gusto.
Y aquí es donde probablemente me caerán algunos palos: Amaia Montero tiene derecho a vestirse como quiera. Y yo tengo derecho a pensar que algunos de sus estilismos son un horror. Las dos cosas pueden convivir perfectamente.
De hecho, creo que sería mucho más sano que habláramos de moda así. Sin convertir cada crítica a un look en un juicio sobre el cuerpo de la persona que lo lleva. Porque decir "ese vestido es espantoso" no significa decir "tú eres espantosa". Son dos cosas radicalmente diferentes. El problema es que en 2026 seguimos sin saber distinguirlas.
A Amaia se la ha juzgado por su físico, por su edad, por su voz, por su regreso, por su forma de moverse y prácticamente por respirar. Y después, si alguien osa decir que un conjunto no funciona, parece que está obligado a acompañar la opinión con una tesis doctoral sobre sororidad. Pues no. El body puede ser un desastre y Amaia puede estar estupenda. No hay contradicción.
Es más: quizá precisamente porque Amaia ha recuperado el escenario, porque vuelve con una banda que forma parte de la memoria sentimental de media España y porque tiene una personalidad escénica reconocible, merece que su imagen esté a la altura. Y ahí creo que hay margen de mejora.
Porque una cosa es recuperar el espíritu de aquella chica que cantaba 'Puedes contar conmigo' y otra es intentar meter en el mismo look a Eva Nasarre, Madonna, una rave, Matrix, el Y2K, Barbie, el surf y un catálogo de ropa deportiva. No necesitamos que Amaia vuelva a tener 25 años. Necesitamos que tenga un estilismo que entienda que tiene 50.
Y eso no significa vestirla de señora. Al contrario. Significa darle personalidad, sofisticación, fuerza y espectáculo sin convertir cada aparición en una prueba de resistencia visual. Porque Amaia no necesita parecer más joven. No necesita adelgazar para entrar en un vestido. No necesita esconderse. No necesita que la ropa disimule su cuerpo. Necesita, simplemente, que alguien mire el conjunto antes de salir al escenario y diga: "Está genial. Ahora quitemos tres cosas".
Y si ese alguien existe, por favor, que levante la mano. El público se lo agradecerá. Y nuestros memes también.

