Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

El empleo hereditario

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Un abogado con clientes quiere que de sus descendientes, al menos uno, estudien derecho para seguir con el negocio. Lo mismo que un médico, un arquitecto, un síndico de la Seat o un estibador. Lo de colocar a la prole a cubierto es muy humano. Por eso sorprende que los mismos que, si pueden, medran para que sus hijos se queden con el puesto, independientemente de su valía, sean luego tan feroces detractores de la monarquía.

Lo han dicho, ¡por fin lo han dicho! El comité de empresa de una conocida empresa láctea ha pedido que el empleo sea hereditario. Si hay que perder algo, se pierde, pero quieren asegurar que sus vástagos no van a tener que echarle horas al trabajoso oficio de buscar empleo. Mis delíricas y yo nos hemos quedado ojipláticas con esta petición. Y no porque nos haya cogido por sorpresa, porque esta práctica es habitual desde que el mundo es mundo, sino por la valentía en ponerla negro sobre blanco.

 

En nuestras muchas horas de debates y encontronazos, porque los hay aunque la edad nos haya hecho mucho más escépticas y moderadamente apasionadas, hemos comentado la injusticia de impedir a una persona preparada acceder a la administración sólo porque su padre, su tío o su madre tenían un cargo político. La discriminación siempre nos ha dado salpullidos. Pero siempre hemos criticado con crudeza lo contrario: que algún familiar acceda a cualquier trabajo, público o privado, siendo un inútil, conscientes de que en este plano hay muchos más casos.

 

A Inés le ha tocado de cerca. El sobrino del dueño de su empresa ha llegado con su master recién estrenado y su deportivo nuevo dispuesto a convertir en un caos su departamento con un sueldo astronómico. “Nos va a volver locos. Quiere cambiarlo todo sin criterio, rezuma prepotencia e ineptitud y ya ha conseguido dos bajas por depresión”, nos comentaba apesadumbrada.

 

Imposible luchar contra los elementos, y, por supuesto, imposible luchar contra el que manda en una empresa privada. En una pública es diferente, porque igual que no queremos ser conscientes de que no se debe defraudar si queremos que el sistema funcione, y de que las calles son nuestras por lo que hay que mantenerlas limpias, cuando se trata de la administración todos nos sentimos jefes de los empleados. Ahí sacamos la podadora para que no se cuele nadie del otro bando y montamos en cólera.

 

“Sólo faltaba!”. Yolanda ha cogido carrerilla. “La ley de oportunidades debe ser sagrada en la cosa pública, como es sagrado mi fisioterapeuta. Si no protestamos contra el nepotismo estamos muertos”.

 

Viene todo esto a cuenta de la huelga de estibadores, un colectivo del que la mayoría no tenía ni idea y que ha desatado la bronca en un país de sueldos cortos y ciudadanos de lengua larga. “He leído que ganan entre 60 y 80.000 euros, más que los médicos o los maestros”, se escandaliza Julia. “Es que es un trabajo muy duro. Es fácil hablar, pero hay pocos que aguantarían”, apunta  Ana, nuestra “podemita” maravillosa. Se hace el silencio. Olga está a punto de saltar sobre ella por encima de las tazas. “En que siglo te has quedado, Ana? ¿No te has enterado de que hubo una revolución tecnológica, de que todo está automatizado? Manejar una grúa tendrá su cosa, pero a mí, con una semana de formación,  me ponen en casa”. “No todo será grúa” se defiende Ana.

 

Lo que realmente nos ha sorprendido de este colectivo es su capacidad para seleccionar genéticamente a sus empleados. En algunos puertos no han permitido el acceso a ninguna mujer, aunque  sean hermanas, esposas o hijas de estibadores. “Cómo me recuerda esto a la película En tierra de hombres”, dice Yolanda volando a su  mundo cinematográfico. “Pues a mí me recuerda más a la ley del silencio, apostilla Inés, ese Terry Malloy en el cuerpo de Marlon Brando es inolvidable”.  “¿Conciencia? Si uno la oye se vuelve loco”, intenta imitarle, muy mal por cierto, Julia.

 

Pero no solo hablamos de género, claro. Hablamos de genes. “Cada uno cuenta la historia según le va porque yo he oído al del sindicato que cualquiera puede entrar”, sigue Ana. “Claro, él dice que sólo la mitad de los empleados son parientes y otros cuentan que cuando entregan el currículo hay dos montones, o que han pagado 6000 euros para que les permitan entrar”, bufa Olga. “Tal y como está el patio, poco me parece”, intenta romper el hielo Inés.

 

Ana, en el fondo, dice que lo comprende. Es una práctica del capital y no quiere que sea exclusiva de ellos: “los trabajadores también tenemos derecho a proteger a nuestros hijos. No veo porqué sólo los privilegiados pueden colocar a sus cachorros”. “¡Pero si siempre te he oído desproticar  porque tenemos un jefe de Estado hereditario!”. Olga no da crédito.

 

“A ver, un plebiscito, dice riendo Julia. Que levante la mano la que esté a favor del empleo hereditario”. María Jesús, la fantástica señora que mantiene nuestra cafetería como los chorros del oro y que lleva un rato escuchándonos, se acerca socarrona: “¿Puedo votar yo? Porque desde luego que no. Espero que mis dos hijas no hereden mis ocho horas aquí, mis cuatro horas allá y mis seis horas en casa por el sueldo que cobro. Que digo yo que los estibadores descargarán muchos sacos, pero que los cobran. Y que se los cambio por lo mío, que no todo es descargar, algunas cargamos como burros”.

 

El aplauso es el alimento del artista, dicen. María Jesús es nuestra artista favorita. Siempre lo ha sido.

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